Fe

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Dicen que la fe mueve montañas. Y quizás en la rutina diaria no se ve así, pero sí que mueve personas, o las ayuda a mantenerse en movimiento. La fe puede ser, para muchos, un mero método de supervivencia. En el caso de los inmigrantes es así: a veces sólo debes aferrarte a algo, una especie de salvavidas para mantenerte a flote cuando llegas a un país nuevo, cuando eres vulnerable, y debes seguir. Confiar, tener certidumbre en lo que se espera y no se ve.

Hoy Chile vive una nueva ola migratoria. Se dice de ella que es la más grande, pero al parecer no es un fenómeno ajeno del que nuestro país ha vivido antes. Hoy sin embargo, los migrantes que identificamos son distintos. Vienen de más cerca, mas el diverso tono de piel, la lengua, el acento y su personalidad los hacen sobresalir dentro de la población. Son haitianos.

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En la capital, en Santiago es donde más han llegado estos nuevos ciudadanos ¿Por qué? Simplemente es el aeropuerto, la primera parada donde pueden bajar. Una extensa capital llena de miles de espacios donde poder albergar nuevas oportunidades, oportunidades de una vida mejor.

Al explorar cómo se están integrando nuestros estigmatizados nuevos vecinos es que inevitablemente se llega a este concepto, la fe: a veces, es una forma de relacionarse con el entorno, de encontrar un consuelo, de mantener tradiciones. Razones hay miles. Y es por eso que es fácil encontrar en diversos espacios de encuentros religiosos a migrantes. También a los más “extraños” de los extranjeros, con su créole tan distinto al nuestro, los amigos y hermanos haitianos.

Me adentré un domingo en la mañana por la comuna de Estación Central, de las con más cantidad de migrantes en esta última ola, más dominicanos, más colombianos, venezolanos y haitianos que en cualquier otra parte de Santiago. Alrededor del mediodía esperaba una micro mientras muchos de ellos preferían caminar, y pasaban por mi lado con sus coloridos trajes; no sólo destacaban por su cada vez más común tono de piel sino porque –sin importar qué religión practican– la misa, el servicio, la reunión es un rito que hay que respetar.

Camisas en tonos vivos, sombreros, taco alto y elegantes vestidos incluso en los más pequeños de la familia sobresalen por las calles de la comuna, en la misma micro. Algunos con Biblia en mano, otros con el dinero para la ofrenda en el bolsillo. Cada quién va a su destino, a su refugio.

Llegué así a la Parroquia Santa Cruz, ubicada en calle Pingüinos, en la Población Nogales de Estación Central. Este ha sido una especie de trinchera para los Jesuitas en cuanto a misión migrante: diversos “Padres” han pasado por la congregación, buscando la manera de llegar a aquellos haitianos católicos que buscan integrarse a la comunidad. Y no todo es misa, pero sí es el primer paso.

El Padre Miguel Yaksic se ve solemne, mientras recita la ceremonia en créole. Todo es hablado en el idioma oficial de Haití, una mezcla de francés y dialectos. Poco puede entender un “local”. Sin embargo acá, los chilenos de nacimiento parecemos los extraños, los que deben adaptarse. Ellos cantan sus canciones con alegría, con una sonrisa gigante en el rostro. Alrededor de 40 personas reunidas en la gran parroquia, que a pesar del frío del mediodía de otoño, vibra con estos cantos y el mensaje.

Los nuevos comparten sus experiencias. Yaksic es uno de los voceros en cuanto al tema migrante, un representante del Servicio Jesuita que se encarga de misionar y trabajar con los nuevos residentes del país, en especial con aquellos de situación vulnerable. Y no lo ha hecho nada de mal, siendo una de las voces expertas a todas luces en Chile. Y ahí está, intentando encontrar la pronunciación adecuada, saludando a todos con igual alegría, vestido con su túnica y zapatos de outdoor que completan su imagen misional.

Para mi, este es un primer acercamiento. A pesar de no ser practicantes del catolicismo, los locales saludan con calor humano a quienes observan, quienes como yo, no entendemos lo que dicen. Sin embargo una sonrisa basta, una sonrisa de bienvenida que funciona para ambos lados. Dan ganas de volver. Nos dan la paz, se despiden rebosantes por haber recibido la comunión semanal. Un rito que desean mantener, aún a kilómetros y horas y días lejanos de su tierra natal. Seguro les da fuerza y esperanza, incluso cuando tal vez no entiendan el “créole chilenizado” de Yaksic.

¿Es esto sólo una misa? La misa se empapa de la cultura haitiana con el idioma, con los ritmos, con las canciones y con la alegría. Al menos yo no siento esa angustia o pesadumbre de la culpa que en muchas parroquias o iglesias se sienten. Y, al igual que en muchas misas a las que he asistido, no entiendo mucho del mensaje que están transmitiendo. Por el contrario, aquí si entiendo más de lo que en español podría creer, que hay alegría por esta fe, que hay agradecimiento a Dios por la nueva oportunidad que a ellos les permite estar forjando en Chile, en este rincón, en esta esquina de Estación Central.

(Continuará)

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