13 Reasons Why: Todos somos culpables

La plataforma norteamericana de streaming Netflix llegó a nuestro país en 2011, conquistando casi instantáneamente a miles de usuarios con bajos precios y un amplio catálogo de contenidos. 561 series de televisión y 2.470 películas son las cifras con las que se ha asegurado más de 230 mil suscriptores. Aunque la biblioteca disponible en esta parte del hemisferio sur es sustancialmente menor a la original, el público chileno no ha estado privado de títulos polémicos y del debate que los acompaña.

Tal es el caso de 13 Reasons Why, una producción basada en la novela homónima de Jay Asher. El libro fue publicado en 2007, recibió críticas mayormente positivas y obtuvo una prudente cantidad de premios. Con estos antecedentes, era cuestión de tiempo para que se efectuara la venta de los derechos que permitieran producir una versión cinematográfica. Sin embargo, la idea se estancó y Universal Pictures transfirió su compra a Netflix y Paramount Television para el desarrollo de una miniserie. Con la cantante estadounidense Selena Gómez como productora ejecutiva, el proyecto debutó en el famoso servicio online a nivel mundial el 31 de marzo de este año.

Inmediatamente, su estreno generó una oleada de reacciones tanto afines como contrarias e incluso reprobatorias. A la discusión se sumaron voces expertas tales como la de la directora del Instituto Hunter de Salud Mental de Estados Unidos, quien acusó a la serie de naturalizar el suicidio, haciéndolo ver como una opción viable ante los problemas cotidianos. Sus declaraciones van en línea con una actitud de comodidad transversal que parece reinar ante todo acontecimiento funesto; una postura de feliz ignorancia a la que adherimos sin protestar.

La historia

Desde que nos incorporamos a la trama sólo una cosa es clara: Hannah Baker se suicidó. Lo que parece una tragedia lejana en la vida de cientos de estudiantes de preparatoria pronto se convierte en una experiencia íntima, la que traspasa los políticamente correctos memoriales instalados en el campus y los muy sentidos pésame entregados a la familia de la víctima. Lejos de tratarse de un incidente más, pronto los detalles más escabrosos salen a la luz para atormentar a los desprevenidos victimarios. Hannah, sin estar presente, orquesta una verdadera rueda de reconocimiento al exponer el bullying que sufrió a manos de una decena de sus compañeros.

La información, aunque ya ha salido a la luz, se mantiene únicamente entre los estudiantes involucrados que tienen acceso a trece cintas de cassette grabadas por la joven. En ellas, explica el papel jugado por cada uno en la decisión que tomó. Es a través de Clay, joven tímido que recibe las grabaciones ignorando su propio rol, que comenzamos a descubrir los antecedentes que motivaron la decisión de Hannah. Este testimonio que deja, aunque genera una seguidilla de complicaciones para los oyentes, responde más bien a un deseo de ser escuchada y comprendida, algo que se le negó en vida.

El resultado es un manifiesto que incomoda, pues expone una falta de empatía muy propia de la sociedad actual. La principal argucia del guión es transformar al espectador en estudiante y compañero de clase: sabemos que lo moralmente correcto es manifestar tristeza y decir algo amable sobre la fallecida. Apilamos flores junto a su casillero, comentamos lo trágico de su muerte. Simpatizamos educadamente. Pero lo cierto es que preferiríamos no enterarnos de mayores detalles. La conducta de los compañeros de Hannah es extrapolable al comportamiento de la población mundial, difiere apenas del gesto como el apoyar una causa de manera digital sin hacer necesariamente un aporte real a la misma.

13 Reasons Why molesta, irrita. Lo hace justamente porque revela nuestra propia renuencia a involucrarnos y comprometernos a hacer algo para evitar desenlaces irreparables. La serie ha sido criticada en distintos medios debido a lo gráfico de las escenas de suicidio y violación. Los últimos capítulos incluyen inclusive una advertencia al respecto, pero no se trata de que nos impacte lo que vemos. La producción no yerra en sobreexplotar la temática, ni tampoco peca de morbosa. El relato nos llega en tomas abiertas, con delicados usos de primeros planos y otros en detalle. Somos testigos de una protagonista que, contraria a la heroína que logra sobreponerse a las dificultades de su historia, es consumida por la depresión y escoge la muerte.

¿Por qué es aceptable mostrar un asesinato, como vemos en miles de películas y programas de TV, pero no un suicidio? ¿no conllevan acaso un nivel de violencia similar? ¿por qué el segundo es culpable de retratar un hecho reprensible mientras que el primero se queda dentro del espectro apto de la ficción? ¿no ocurren ambos en el mundo real? El problema aquí no es el acto mismo del suicidio, ni mucho menos su representación audiovisual, sino el hecho de que era absolutamente evitable.

Nos resulta preferible reprochar el contenido y hacer caso omiso al mensaje que transmite. Queremos pensar que Hannah es capaz de reevaluar su situación, de sobreponerse al bullying, de enamorarse de Clay. Pero la depresión no funciona así. Esta no es una historia de fortaleza, sino de lo que puede ocurrir cuando como sociedad fallamos en ofrecer redes de apoyo para personas con trastornos psiquiátricos. A la vez, el dilema de la joven produce una crítica a los instrumentos psiquiátricos convencionales que muchas veces confunden trastornos reales con mera abulia. La propuesta se hace cargo de una problemática más profunda, logrando representar una realidad que puede estar sucediendo al interior de cualquier comunidad. Hannah Baker no existe, pero lo que le sucede es real y ocurre mucho más seguido de lo que nos gustaría admitir. El que la serie haya despertado la preocupación y el rechazo de tantos espectadores es la prueba de que somos todos culpables y 13 Reasons Why es nuestro propio cassette.

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