Resistiendo al mall

Galpón 4 persa Víctor Manuel

Inicio de los ’90. Una pequeña camina por el sector de Franklin de la mano de su papá. Hay muchísimas personas, por eso avanzan lentamente. Mirando de frente solo alcanza a ver la parte trasera de varios pantalones que van delante de ella. Solo hasta ahí le permite observar su estatura. Si quiere ver algo más tiene que mirar de costado hacia el suelo. Ahí se encuentra lo interesante. Y de todo tipo. Sí. Absolutamente todo lo que se le ocurra –cachivaches o cachureos, como le llaman algunos –. De pronto, justo delante de ella, a ese pantalón que iba caminando le meten la mano en el bolsillo, tomando todo lo que en su interior había. Quien lo hizo corre rápidamente, fusionándose con el resto del público que mira con cara de lástima y curiosidad. Se escuchan unos “oye, por ahí se fue”, “allá va”. Solo unas pocas monedas siguen girando en el piso. Las queda mirando hasta que su papá toma fuerte su mano para que continúen caminando. Siempre pasa lo mismo. “Es peligroso por acá”, le dice mientras siguen el tránsito. Lo último que ve es el pantalón víctima del lanzazo recibiendo manotazos de rabia en el costado.

En su pasado –principios de siglo XX- el Barrio Matadero Franklin tenía muy mala fama. Era un sector pobre, había mucha delincuencia, pestes y enfermedades, debido a las malas condiciones de higiene y al hacinamiento en el que vivían los trabajadores del Matadero.

A causa de las crisis económicas –la del ‘29 y la del ‘82, junto al cierre del Matadero en el ‘70-, fueron los mismos vecinos quienes comenzaron salir a la calle para vender sus productos, dando origen al mercado persa, posteriormente llamado “Persa Biobío” o simplemente “Barrio Franklin”, dejando de lado la antigua existencia del Matadero. Esto es lo que nos cuenta la historia oficial.

En la actualidad, el Persa Biobío refleja el inevitable paso del tiempo y la modernidad, pero a la vez, sigue conservando su esencia, la del comercio ambulante, la que escapa de lo oficial e institucionalizado. Parece que hubiera dos corrientes paralelas en torno a él. Una que lo quiere renovar, sacando a los venderos de la calle para instalarlos en diversos galpones que antes fueron industrias o fábricas, y que desde los ’90 se techaron para adecuarlos mejor al negocio de la venta. Y otra, que quiere seguir siendo dueña de la vía pública durante los fines de semana para instalarse en plena calle o vereda, o en ambas, desplegando sobre una tela o una improvisada mesa todos sus productos para la venta.

Desde la estación del Metro Franklin en adelante nos podemos encontrar en cada esquina con un persa distinto: en la calle San Diego con Placer, “Plaza Alonso”; en Placer con Arturo Prat, “Mall del Mueble” y “Persa Centinela”; en Arturo Prat “Comercial Lego”. Siguiendo por la calle Placer hacia Víctor Manuel están “Plaza Elizondo”, “Persa Procome”, “Persa Nuevo Amanecer”, “Persa Placer”, “Persa Magosa”, “Feria Las Gangas”, “Persa Santa Rosa”, otro “Persa Placer” y finalmente “Persa Víctor Manuel”, que termina en la calle Bío Bío.

En cada uno de estos persas, ordenados en pasajes, vemos numerosos puestos y restoranes con toda variedad de comida chilena e internacional, que no son más que el reflejo de la interculturalidad, cada vez más acentuada en Santiago y que en los persas se suma con gran facilidad y aceptación por parte de su público. Ropa vieja, shawarmas, burritos, fries and chip, arepas, empanadas de todo tipo (de la misma “Reina de las empanadas”), ceviches, carne asada, pizzas son algunos de los menús que esparcen sus aromas por entre las calles de los galpones y que no dejan indiferentes a los paseantes del fin de semana.

Cada sector está especializado en un producto distinto para la venta. Los coleccionistas o fanáticos pueden pasar horas recorriendo los distintos galpones en busca de sus “joyitas” a buen precio. Así encontramos para los cinéfilos películas en DVD o Blue-ray -distribuidas por estrenos, clásicos, cine arte, de autor, cine B, chileno y series completas-. Música para todos los gustos y en todos los formatos, CDs, vinilos y hasta los olvidados cassettes. Libros -desde primeras ediciones hasta best seller- y revistas. Ropa nueva y usada, antigüedades, arte como la “Galería Taller de El Mono” (galpón 6 del “Persa Víctor Manuel”) -dedicada principalmente a los grabados-, tatuajes y piercing, peluquerías, manicure, masajes, coleccionistas (de monedas, billetes, estampillas, chapitas, llaveros). También juegos para consolas, computadores, programas computacionales, telefonía, joyas y un extenso etcétera es lo que se puede encontrar en este antiguo sector de Santiago.

Cada asiduo visitante sabe con exactitud a qué galpón dirigirse.

Aquí no existen las tarjetas de crédito ni débito. Solo el efectivo y el regateo.

Los persas surgen por necesidad de trabajo -todos se ubican en barrios populares-, después se mantienen como una alternativa a los centros o galerías comerciales de Santiago Centro o Providencia y posteriormente a los malls, que se instalan primero en el barrio alto –basta recordar que el primero fue el Alto las Condes- para luego expandirse por las demás comunas. Si bien ahora los malls se encuentran en toda la metrópolis, el Bío (como se le llama habitualmente) sigue ganando adeptos, y de todos los estratos socioeconómicos, aunque evidentemente se concentra más en algunos grupos.

El persa que alguna vez se pensó que terminaría con la invasión de los grandes centros comerciales de inversiones extranjeras, modernos y cómodos para el público, finalmente perdura. El público del Bío sabe a lo que va al persa y sabe que lo que ahí se encuentra difícilmente lo hallará en un mall. Es una visita segura de quienes vienen a Santiago. Y es una parte de la cultura nacional que se resiste a dejarse vencer por nuevos comercios, por eso el Bío conserva su naturalidad y a la vez se renueva. Solo falta encontrar su recomendación y puntaje en páginas orientadas al turismo.

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