Valle del Itata: historias de vino, nuestra tierra y sus cenizas

Desde el comienzo de la historia, el vino estuvo presente. Los relatos más antiguos hablan de este compañero de expediciones, de fiestas, compañero de vida. El Chile colonizado se sumó a este amorío, al comienzo en pequeños predios, algunas cosechas familiares que introdujeron los españoles. Luego vinieron franceses, italianos y otros más a hacer de las suyas, y aportar. Y esta tierra, nuestra tierra, parecía estar hecha para aquel licor que hoy por hoy nos da fama mundial. Basta recordar que algunas viñas son publicidad en eventos y deportes de la más alta elite.

Esto hizo que hoy podamos encontrar tanto en grandes y vistosos terrenos, largas y ostentosas viñas, así como también en recónditos parajes que no sabemos donde llevan, algunas pequeñitas, los tesoros mejor cuidado de nuestro país. Desde las parras que se elevan sobre nuestra cabeza, hasta aquellas que se arrastran por el suelo. Y esas son las que se encuentran en el preciado Valle del Itata.

Ni tan al centro, ni tan al sur de Chile se encuentra el río Itata –hoy cada día más seco– cerca del Gran Concepción, una zona de lluvias y donde cambia la manera de vivir. El Itata y sus derredores también se vieron amenazados en enero pasado, pues muchas viviendas, cultivos y también viñas fueron consumidas por las llamas en esos megaincendios que nos asolaron. Peligrando, pero resistiendo quedó esta zona, que resurgió en nombre de todos sus “compañeros” durante marzo y abril para vestirse de todos los colores y dar inicio a la temporada de vendimia.

Junto al río y sus vertientes se erige Coelemu (“Bosque de lechuzas” en mapudungün), pueblo que alberga a una aún más pequeña localidad: Guarilihue. Su tamaño hace pensar que poco pasa ahí, y seguramente en un día de abundante caminar se pueda conocer completo. Entre sus estrechas calles se muestran cerros y predios, que albergan uvas únicas que están ahí desde hace años. Y que son un real tesoro para sus habitantes.

Ambos pueblos, separados por apenas unos minutos y muchos árboles, están llenos de bondades. Cuando cae la noche, el cielo estrellado se impone a las luces de hogares que hay en el sector. Por suerte está aún lo suficientemente retirado como para lograr ver aquellos astros tintineantes en el cielo, acompañado con una brisa fresca. Los que viven ahí están acostumbrados, pero al que viene de ciudad, le asombra.

De paseo por estas tierras, saliendo desde Chillán por la carretera hasta Guarilihue, fue que dimos con Juan Ignacio Acuña. Juan Ignacio al igual que su mujer, es chef y ambos llevan el proyecto Zaranda, por el que dejaron la gran ciudad hace algunos años, y así dedicarse cien por ciento a sus vinos. Los inicios de esta aventura comenzaron mucho antes que se instalaran, pero la falta de espacios (debían arrendar bodegas) y de cuidado de parte de quienes vigilaban sus terrenos, los obligó a moverse a esta localidad, donde sin duda su calidad de vida mejoró.

Es curioso, pues andando por esta parte de la VIII Región buscaba alguna historia relacionada con el vino. Vino hubo mucho, historias y personas también. Pero no fue sino hasta conocerlos a ellos que logré comprender su pasión. El amor por su proyecto se plasma en sus palabras, en su estilo de vida, y en el cuidado que tienen no sólo por aquel licor, sino por cada producto que la tierra les da.

Esto tiene que ver con su formación. Ahí, junto a la casa, bajo una parra tradicional de aquellas que se encuentran por la zona centro, nos sentamos a ver el resto de la viña. Pequeños arbustos que sobrevivirán y darán fruto el mes de marzo y abril durante la vendimia. Un evento esperado para ellos, que tienen contadas las botellas de sus tres cepas ya listas. Por ahora, por las adversidades de la vida tienen un stock muy limitado, pero el 2017 llega con un proceso de mayor producción.

El fuego estuvo cerca. Caminando por otros rincones de Guarilihue puede advertirse que hubo peligro, y algunos terrenos cayeron debido a malintencionados que quisieron crear otros focos de fuego. Finalmente a pesar del daño, se controló.

¿Por qué Zaranda? Porque la zaranda es la esterilla con palillos que se usa para zarandear la uva de manera artesanal. Hace tres años resucitaron. Después de su creación, tuvieron un auge, pero dependían de bodegas y equipamiento de otros, hasta el punto en que todo eso se derrumbó. Quedaron sin su vino. Pero desde el 2014, y luego de su mal momento, volvieron a salir adelante. Y cada creación está mezclada con su conocimiento y amor por lo gastronómico: ningún movimiento es en vano.

Al entrar en la cocina, se ven grandes jarrones con diversos elementos, naranja, limón, todo fruto que haya en el terreno se puede hacer licor. Además, hablan de pequeños senderos que han hecho, con los que quieren hacer trekking algún día: mezclar el turismo, el vino, la comida en un lugar donde todo de por sí ya está mezclado. Es el estilo de vida lo que marca la diferencia, se tiene todo a mano, todo lo que la tierra bondadosa, quiera dar.

Casos como estos hay muchos. Tampoco pierden la pasión aquellos grandes empresarios. Aunque finalmente todo se reduce al mercado, el vino es un producto que hoy representa a Chile, que tiene algo de nuestra identidad. Después de que gran parte de lo que hay en la zona centro-sur se quemara, una idea quedó rondando en la cabeza de los chilenos amantes del vino. Pues no es sólo una botella que vemos en las estanterías de cualquier supermercado, o en alguna boutique. Son brebajes que tienen historias, quizás unas que se remontan años atrás, más que las de Juan Ignacio, pero todas partieron con y por algo: pasión por compartir con los otros estos deliciosos sabores, aquel peculiar líquido que se da tan bien, casi como maleza, en nuestra tierra.

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