Pascua: un viaje por los círculos de la violencia y la blasfemia

Marcelo Leonart, escritor, dramaturgo y director teatral chileno, nos lleva en su propio viaje al infierno. Tal como Virgilio acompaña a Dante a través de los nueve círculos, Leonart nos lleva a través de su propia creación: siete círculos que no están en un lugar lejano y mítico, sino que en el interior de cada realidad. Nos muestra la búsqueda de la fe y la salvación de distintos personajes, siempre con esa esperanza vista desde la lejanía, comparándola con la promesa de Santa Claus, quien vigila y promete felicidad a los niños y que, sin embargo, no es más que la invención de una de las compañías más grandes del mundo.

Pascua es un libro con muchas voces, las que se van mezclando de una forma coral. La principal es la del narrador, quien es al mismo tiempo el autor. El hecho se ser consciente de su papel dentro de la historia lo lleva a asumir sus responsabilidades dentro de la narración como creador de todo lo que se va contando, donde toma y modela los eventos importantes de sus personajes a su favor:

“Hay, supongo, un centro ciego que se produce al juntar los elementos gatillantes de esta novela hibrida y bastarda, repleta de historias más apócrifas que el evangelio según Judas Iscariote. Porque es evidente que esto se me ha ido de las manos, he llenado con falsedad e injurias los puntos grises de mi relato” (p. 406)

Marcelo Leonart toma la historia de nuestro país y la utiliza como un lienzo donde va llenando todos los espacios con sus propias palabras, tornándola un relato blasfemo, el que hace una crítica no sólo a la institución católica, sino también la creencia ciega de algunas personas. Para Leonart, esta falta de cuestionamientos muchas veces los lleva a la estupidez.

Algunos de sus personajes son completamente ficticios, y son estos los que dan comienzo y final a esta historia fragmentada, generando un círculo alrededor de la novela, donde finalmente son juzgados y condenados. Pero en el descenso hacia los otros círculos, nos encontramos con las voces de personas reales como lo son Karadima y Hamilton (ojitos azules), su principal denunciante. También aparecen otros nombres conocidos dentro de la historia de la religión y política como Yiye Ávila y La Yamilet, Cristian Precht, el papa Juan Pablo II y su visita a Chile en dictadura, la DINA con Álvaro Corbalán a la cabeza, la Quintrala y Raquel Argandoña, entre otros. Dentro de estas personas, destacan también algunos que fueron conocidas por ser víctimas de la violencia, como Daniel Zamudio y Pier Paolo Pasolini.

Para el autor parece ser importante el rescatar todas estas historias, y darles una nueva voz; una más directa y sin filtros, que diga la verdad a partir de su ficcionalización:

“Las historias no son de nadie. Las historias –las públicas y las privadas, las reales y las inventadas –son formas que están en el aire y que alguien tiene que contar. No importa el modo. No importa el por qué. Hay algo en el impulso de contar que nos salva. O que nos condena.” (p.296)

Estos personajes le sirven como impulso para ir tratando distintos temas en los siete círculos. La miseria y la fe, la salvación y la condena, el deseo perverso que lleva a la violación y a lo prohibido, la violencia contra lo considerado distinto y la venganza. Todos estos temas se van desenvolviendo y Leonart es el encargado presentarlos de forma desinhibida, sin preocuparse por los prejuicios que pueden suscitar. Después de todo, de eso se trata: de romper con todo orden establecido.

Pero también nos muestra su corazón al darnos una idea de las motivaciones que lo llevan a escribir la novela. Se trata de Gustavo, una persona real con un nombre ficticio, quien ha muerto. Su ausencia desencadena la narración, pues nace de la espera de que este amigo ausente la pueda leer y con eso darle un poco de tranquilidad en sus noches de miedos y angustias:

“Vuelvo a Gustavo. Trato, mientras sigo escribiendo este relato desbocado, de no olvidarme de él, de no perderme. Pero es imposible no perderse. Todo el mundo se pierde. Incluso Gustavo –este personaje real al que he bautizado con un nuevo nombre –[…] Y a pesar de todo lo que he contado, me lo sigo imaginando ahí, igual que al principio, tal como lo conocí (No se me puede olvidar que él es el gatillante de este texto debocado)” (p.239)

El relato también está marcado por la sexualidad, pero no una guiada necesariamente por el amor. Es, como él dice, un amor cochino, lleno de deseos reprimidos por los prejuicios y lo dictado por la religión y las buenas costumbres. Son relaciones principalmente homoeróticas, pero podemos destacar una de las únicas heterosexuales al tratarse de un viejo que en las navidades se viste de Viejo Pascuero. El hombre está enamorado de La Canalla, una niña de quince años que se prostituye, por lo que queda marcada por la pedofilia y la degeneración.
A pesar de que la novela tiene una imagen llena de caos, tanto en su construcción como en su variedad, propone algunos temas que la mantienen en un mismo camino: la religión, la sexualidad, la violencia y la catástrofe. Y todo esto se ve acompañado de la imagen del Viejo Pascuero, el que va por el mundo como el Dios de los niños, tan falso e inútil como Dios y sus santos.

Es un recorrido difícil, narrado con un lenguaje recargado y repetitivo, que muchas veces recuerda a las palabras mil veces dichas en un rito. Esas que llevan a un estado alterado donde la conciencia es puesta en duda con sus prejuicios y creencias. Es una novela que recolecta la historia de lo marginal y también de lo considerado sacro, pero todo contado desde una esquina distinta, donde nunca antes se había puesto la vista. Nos da testimonio de lo escondido siempre a través de un lenguaje explícito y transgresor. Leonart no tiene miedo de tomar a sus personajes y ficcionalizarlos hasta convertirlos en otros más reales y cercanos, desprovistos de todo embellecimiento histórico ya que, como dice el epígrafe de Pier Paolo Pasolini: “Cada blasfemia es una palabra sagrada” y él lo toma en serio, llenando sus historias de su propio discurso hasta convertirlas en algo nuevo, algo con un sentido mucho más crítico.

Submit a comment