Estudiar entre mujeres

Me sorprende que aún se asevere, en los contextos más cotidianos, que el feminismo es innecesario, cuando se supone que existen medidas, especialmente diseñadas para nosotras que ya nos protegen. Me sorprende porque implícitamente están queriendo decir que no somos iguales ni podemos templar nuestra fortaleza sino que necesitamos estar protegidas. Probablemente algo parecido pensaron mis padres cuando nací mujer. Eligieron para mí un colegio particular católico de mujeres. En el siglo veintiuno aún no sorprende que yo haga una afirmación como esa, de hecho, eso me convierte de cierta forma en una especie de caricatura ¿Qué tanto habrá acoplado la mente femenina los conservadurismos de la iglesia?

La transición de la infancia a la adolescencia, a lo largo de ése periplo de catorce años, fue extraña y artificial, con un sinnúmero de conceptos que espantarán, como un curso en el que, impulsados por las nuevas reformas afines en liceos estatales, el colegio se veía forzado a hablar del incómodo tema de la sexualidad. Allí unas veinte adolescentes entre la mirada incómoda y cada vez menos soror a la compañera del lado, mientras en el aire se escucha la voz de una enfermera decir que la mujer es como una flor que se abre una sola vez, para luego secarse, como si cada una de nosotras estuviera consagrada, no para renacer una y mil veces a través del sexo sino para ser cortadas en ese único momento y luego esperar la oxidación en algún jarrón de vidrio.

Un discurso que predica mostrando ejemplos e ignora excepciones, mientras la sexualidad de alguna de nosotras se venteaba como un rumor adolescente la panza embarazada de otra variaba entre esconderse y utilizarse de atracción para las de los cursos mayores: del oprobio, de lo que no debe ser, de lo mal que se ven las embarazadas en uniformes de colegio y luego algunas, a marcharse. La homosexualidad, otro circo para la ignorancia o un gran signo de interrogación, producto de la experimentación adolescente y nada más.

Aún las mujeres están siendo privadas de su derecho a educación sexual y reproductiva bajo la excusa de que sus padres tienen el derecho a criar bajo el credo que ellos prefieran, aún si ese credo implica el derecho a la segregación. Allá afuera la sociedad contiene otras etiquetas destinadas a las víctimas de la educación sexada y que están muy lejos de la educación en comunidad y la sororidad. En este país aún las personas podemos ser segregadas según sexo para poder formarnos académicamente porque hay quienes creen que esa educación debe ser diferenciada, hay quienes creen que nuestras convicciones y expectativas en la vida no son las mismas.

Me sorprende que se asevere que el feminismo es innecesario, especialmente cuando lo dice un ex alumno del colegio del frente, un colegio de hombres. Este año mi ex colegio ha abierto las puertas a los hombres y el suyo también hace un par de años comenzó a ser mixto preocupando a los alarmados de que podría perder su mística. Leí la noticia por parte de mis padres en parte, como una señal ínfima, pero inequívoca de que estamos avanzando. Me sorprende escucharlo de parte de un amigo porque sé que en el fondo le hubiera gustado tener compañeras mujeres con las que hubiera debatido y enriquecido su forma de pensar, un poco menos de tensión sexual, un poco más de naturalidad. Me sorprende porque si el feminismo hubiese avanzado lo suficiente, quizás hasta habríamos alcanzado a ser compañeros de curso.

 

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