Chile se vuelve Violeta

Violeta Parra decía que ni la décima parte de los chilenos reconoce su folclore. “Así que tengo que estar batallando casi puerta por puerta, ventana por ventana”. Esa fue la misión que se autoimpuso: rescatar la música popular del mundo rural, cuyo destino parecía estar irremediablemente ligado al olvido.

De Violeta se sabe mucho. Se sabe de la pobreza que marcó a su familia, se sabe que estuvo ligada con la música desde chica, que de grande recorrió gran parte del país, que tuvo éxito en el extranjero y en Chile, aunque eso poco le importaba. Se sabe que fue una mujer creadora, versátil, así como también una mujer marcada por el sufrimiento.

Reconocerla como una de las artistas más auténticas del país es innegable. De hecho, se plantea como una verdad instalada, alejada de todo cuestionamiento. Y precisamente eso tomará más fuerza este año, cuando se cumplen cien años de su natalicio, 50 de su muerte y ahora último un nuevo hito: el fallecimiento de su hijo Ángel Parra.

La parrilla programática de la institución cultural ofrecerá 350 actividades en torno a ella: desde exposiciones hasta coloquios, documentales y homenajes musicales. Todo en la sintonía de rendir pleitesía al mutifacético legado que dejó, pero olvidando, tal vez, la esencia misma de su incansable propósito. Y el próximo año, cuando no haya un número redondo para recordarla, otro artista será el protagonista de múltiples eventos desarrollados por aquellas fuerzas que administran lo simbólico, atendiendo siempre a la coyuntura.

Figuras del ámbito cultural plantean que Violeta está más viva que nunca. Cierto, parcialmente. A nivel escolar se aprende su obra, el profesor de música obliga  a sus alumnos a cantar Gracias a la vida y se cumple con saber quién fue, aunque nadie entiende muy bien nada. Violeta Parra en la malla curricular: check. Se trata de aproximaciones tangenciales que rozan, apenas, las superficies porque lo que realmente falta es analizarlo por capas, examinarlo desde la profundidad y hacer enlaces entre su herencia con lo contemporáneo.

Apreciar solo la riqueza estética de sus arpilleras, canciones y pinturas sería reducir el discurso crítico de la cantautora, quien luchó por resignificar los espacios culturales fuera del ámbito académico. Creadora de un lenguaje propio, catalogada de adelantada para su época, Violeta Parra era dueña de un talento ilimitado. Y probablemente nunca estuvo entre sus planes encapsular ese talento en exposiciones, en museos, sino ofrecerlo como un bien público que contribuyera a la discusión de la realidad social.

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