Las expectativas de la “femineidad” versus el derecho a ser lo que una quiera ser

Desde que tengo uso de memoria que tengo este recuerdo en mi mente, desde hace años: resuenan las voces de adultos siempre destacando “lo bonita” que era. Y desde muy pequeña, me molestó que sólo destacaran eso: yo también quería ser inteligente.

Mi único valor era ser bonita. A esa edad, aproximadamente 10 años, no entendía mucho de la vida, pero no me gustaba del todo que sólo se destacara un ámbito de mí, y ya forjando mi personalidad, me parecía un desafío defenderlo.

Así fueron pasando los años, pero siempre con esa presión, en retrospectiva “autoimpuesta”, sobre mí.

Imagen personal.

En la medida que notaba que más miradas se posaban en mi cuerpo y su acelerado crecimiento me incomodaba. Ahí estaba: los humanos, siempre guiados por lo concreto, lo que podemos ver y sentir, todo lo que entra por la vista, lo que se oye, lo que huele. Una dualidad que no sabía enfrentar y que al mismo tiempo afecta a millones de niñas, adolescentes y mujeres en diferentes etapas de nuestra vida.

A los 12 o 13 años tuve que comprender que tener un cuerpo femenino implicaba un poder, y a la vez, una debilidad. Eso y mi personalidad y gustos me hicieron sentir constantemente fuera de lugar, y a la vez abrumada: y así comencé a ceder ante lo impuesto. Dejé abierta para mí la idea de ser una musa inspiradora, un afán burdo y adolescente que se acurrucó en mi corazón y quería – hasta hace poco – ser cumplido sin comprender lo que implicaba: ser un objeto.

Yo quería ser bacán porque venía de una familia matriarcal… pero machista. Mis abuelas, bisabuelas, mamá y tía eran y son ejemplos de mujeres que la llevaban. No quería quedarme atrás. Pero por otro lado había una gran presión por aprender a ser más femenina, más arreglada, más bonita y delgada – y hasta el día de hoy.

Constantemente se encuentran planteamientos que te hacen elegir: o eres bonita, o tienes vida social, o eres inteligente. No todas las cosas juntas. Y por más que creamos que todo esto se ha normalizado o democratizado, no es así.

Valentinne Rudolphy, #NiUnaMenos

Así, aún en inmadurez, me empecé a engatusar por el poder que genera tener una buena impresión con los hombres, y a seducir por esa idea, un pensamiento inmaduro que también es aceptado en nuestra sociedad, pero no se habla mucho de ello.

Habían situaciones que me hacían ruido, pero que sin un criterio formado, uno fácil deja pasar.

Podría seguir enumerando infinitos ejemplos. Hay micro luchas que uno debe hacer, o más que eso, uno debe vivir como mujer. Lo de la apariencia es sólo la punta del iceberg: una superficialidad que se expande a todos los ámbitos de nuestra vida, pues de no ser así, de no cumplir con el canon, se generan opiniones y juicios gratuitos que en muchos casos generan inseguridad, malas decisiones, desconfianza en los otros, y por sobre todo la sensación de menosprecio. De que la cosa no va a cambiar.

Muchas debemos pelear con esto para cumplir nuestros sueños. Porque aún hay quienes constantemente te valoran más o menos por tu físico.

En mi caso, para mi familia nunca he cumplido con todas las características que supuestamente implican ser mujer. Aprendí que no hay siempre que hacer caso, más cuando viene de mujeres que crecieron en otro contexto, más oprimido, más patriarcal. Pero luego de tener que deambular por el mundo, abriéndome paso a codazos, entendí que mi inteligencia o falta de ella sólo me compete a mí, y que el valor que otros me otorguen no debe ser agradecido ni afectarme profundamente. No deja de ser difícil.

Hoy, mi tarea como mujer, sea cual sea la definición social o teórica que podemos otorgarle a eso hoy en día (da para mucha más discusión) es enfrentarme a hacer valerme día a día. Estamos muchas en lo mismo. Desde hace años. Peleando porque tener una opinión no sea visto como algo accesorio o hasta innecesario en una mujer (y en pleno siglo XXI, una anacronía inaceptable). Luchar por vestirse como uno quiera y que eso no tenga incidencia en tu vida profesional. Derribar los prejuicios que otros deliberadamente imponen sobre ti por cómo te ven – sea que te llenen de halagos o no.

Valentinne Rudolphy, #NiUnaMenos

Aún no llegamos a comprender por completo el valor de los seres humanos, por más derechos que uno tenga. Hay jerarquías, hay clases, hay colores de piel, lugares de procedencia… y está el género. Está el aparato reproductor con el que te tocó nacer.

Así que día a día debemos empoderarnos. No se trata de discutir o rebatir cada cosa que digan. Se trata de conocer lo que uno es, y que los estándares que se establecen no tienes que cumplirlos. De ir barriendo con el machismo que quiéranlo o no, acarrean nuestras abuelas, madres, compañer@s, y vecinos. Y también nosotrxs mismxs. Porque no es fácil hacer borrón y cuenta nueva mental, aún con un ideal tan justo, bonito y que debería ser intrínseco como este.

Sé que muchas han tenido experiencias como la mía. Hoy ya no quiero validarme, sé lo que soy. De todos modos, sigue siendo un trabajo mental. También hay otro tipo de vivencias, que finalmente van a lo mismo: el deber ser mujer y lo que se cree que ello implica.

No es justo para una niña tener que luchar contra el mundo para probar que es inteligente. O tener que ser delicadas, porque así a alguien se le ocurrió. No tenemos por qué ser más el sexo débil – ni debería haber un “sexo fuerte”. Es una carga demasiado pesada que llevar la opinión de los otros. Que nuestras acciones y palabras hablen más fuerte para ir barriendo con esa basura que se ha establecido en nuestras mentes como verdad. Paso a paso, pero ya no se puede negar la urgencia.

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