Logan: un último aullido

El final cinematográfico del mutante más popular de la historia llega hoy a las salas de nuestro país con la promesa de un epílogo solemne. Tras los fallidos intentos de Orígenes (2009) e Inmortal (2013), James Mangold (Girl Interrupted, Walk the Line) retoma la historia en medio de las críticas de una comunidad que acusa falta de lealtad hacia los cómics. Cuando se trata de adaptaciones, todo realizador pareciera tener dos caminos a seguir: apegarse por completo a la materia prima, ya sea novela, videojuego o historieta haciendo infinitamente felices a los fanáticos de dicha obra, alienando al público general; o arriesgarse a producir una interpretación cuya falta de fidelidad siempre será denostada por los más entendidos, pero que captará a una audiencia más amplia y con mayor facilidad.

En Logan, Mangold opta por la segunda posibilidad para traernos un Wolverine bastante desmejorado que intenta evitar que la demencia senil del Profesor X provoque estragos en un mundo donde los superhéroes han sido exterminados. El relato se inspira principalmente en Old Man Logan (2008), el cual presenta un escenario igualmente desalentador, aunque con diferencias sustanciales. Para empezar, es Hawkeye —sí, el de Los Vengadores— quien le ofrece dinero a cambio de su ayuda en la entrega de un misterioso paquete para así iniciar un viaje lleno de peligros. La cinta en cambio, nos propone una misión mucho más noble: salvar a una niña con habilidades que nos resultan bastante familiares.

Es aquí que la superproducción se distancia definitivamente de dicho cómic e ingresa al terreno de Weapon X, arco argumental presente en múltiples ediciones de esta saga, donde se da conocer el origen de la estructura de adamantium que recubre el esqueleto de Logan. El título le da además su nombre a la organización secreta responsable de desarrollar una serie de experimentos que intentaban replicar la mutación original de Wolverine. El primer producto exitoso de la iniciativa es justamente Laura, a quien nuestro protagonista debe proteger —a cambio de cierto incentivo económico, pues claro, no hay que olvidar con quién estamos tratando—.

Si bien para los fanáticos de la versión ilustrada la presencia de este personaje supone una desviación de la historia original, hay que reconocer que provee la posibilidad de integrar una nueva generación de X-Men a una franquicia que parece haberse agotado con el estreno de Apocalypse (2016). Además, su conexión genética y también emocional con el abatido guerrero en torno al cual gira la película la valida como su sucesora. Laura, conocida en la viñeta como X-23 por ser el vigésimo tercer intento de crear artificialmente un mutante a partir del ADN de Logan, logra despertar el interés del famoso anti-héroe recordándole a sí mismo de manera muy dolorosa.

Así, el argumento se desenvuelve en un tono personal: ya no quedan grandes guerras que pelear ni villanos todopoderosos que detener. Sólo resta un intento por mantener la esperanza de que podemos construir nuestra propia identidad sin importar las circunstancias de nuestra génesis, una temática que ha asediado la psicología de Wolverine desde su ingreso al escuadrón del Profesor Charles Xavier.

Tanto el guión como la puesta en escena operan a un nivel íntimo, confinando a sus actores a una especie de road movie donde viejos errores resurgen para atormentar a los héroes caídos. La desconfianza inicial de Logan y su incredulidad ante la perpectiva de que existan nuevos poseedores del gen X, es similar a la falta de fe que despertó la producción de esta última entrega entre los fanáticos del cómic. Luego de la promesa rota que resultó ser Inmortal, la cual se desligó completamente de la trama original dejando de lado personajes esenciales en la vida de Wolverine como Itsu y Daken, la paciencia de los seguidores más exigentes parecía haberse acabado.

Sin embargo, Logan logra reconquistar a la fanaticada y a la crítica general gracias a una mezcla de actuaciones excepcionales, una historia propositiva y la dosis justa de referencias para satisfacer la minuciosidad de los aficionados al género en papel. Las secuencias de acción —donde Dafne Keen brilla como una versión miniatura aunque igualmente indómita de Hugh Jackman en las primeras películas de la saga— sólo son opacadas por los momentos de silenciosa tragedia. La calamidad que se deja sentir en los primeros minutos del filme es una sombra funesta que amenaza nuestra idea de que las historias de superhéroes, si bien nunca exentas de drama, deben aspirar al final feliz. La propuesta se desentiende de esta premisa y nos entrega un arquetipo roto: un héroe enfermo, física y mentalmente, que a menudo piensa en el suicidio y que se conforma con el día a día.

Este último viaje que emprende el protagonista no tiene por objetivo redimirlo ni hacerle entrar en razón para volver a su noble causa, es más bien un último aullido desobediente. Sólo queda esperar que FOX tenga la valentía de llevar al personaje de Laura por el mismo camino del cómic, permitiéndole ocupar su lugar como la nueva Wolverine y llevando la saga a una nueva era acorde con los tiempos de hoy; donde se hace necesaria la revalorización de los personajes femeninos en este y todos los formatos.

Submit a comment