Santiago (in) diferente

Me subo sin pagar. Digo hola y no hay respuesta. Mientras el conductor mudo cierra la puerta y sigue el recorrido tras quizás cuántas horas de manejar, camino por el pasillo. Hay poca gente. Muchos asientos. Harto para elegir. Me siento en uno pegado a la ventana para ver las luces de la ciudad, para ver qué pasa allá afuera. Solo entonces me doy cuenta de que nadie más lo hace. Y dedico unos minutos a quienes son mis compañeros de viaje: hombres jóvenes, inmigrantes, señoras cansadas. Los primeros conversan entre ellos, algunos miran esclavizados sus celulares, siempre hacia abajo, siempre con los dedos ágiles dispuestos a escribir en la pantalla. Nunca, o casi nunca dispuestos a levantar la vista. Las caras de las mujeres son de trabajo, de cansancio, de levantarse temprano en las mañanas, tal vez cuando aún no sale el sol y regresar a sus casas cuando ya es demasiado tarde para todo. Ellas duermen. O hacen como que duermen. Solo cuando llegue su parada, o estén cercanos a ella, despertarán tranquilas, sin alertarse por haberse pasado un par de cuadras. Como si tuvieran el camino grabado en sus cuerpos.

Afuera no pasa mucho. La ciudad está más vacía de lo usual para ser un miércoles en la noche. Se entiende: faltan solo 20 minutos para que empiece el partido entre Chile y Panamá, debido a la Copa América Centenario. Muchos deben estar ya en sus casas, pienso, preparando la comida, con la familia, con amigos, proyectando el resultado y haciendo de comentaristas deportivos de cómo jugó la selección en el anterior. Aún con la sensación de victoria que dejó la última copa, cuando Chile salió campeón. Afuera no hay apuro. Adentro, en la micro, no hay apuro. Solo resignación de que en algún momento cada uno va a llegar a su destino, aunque nadie sabe con precisión cuánto tiempo va a tomar eso.

Por ahí, entre Los Héroes y Moneda abunda el comercio ambulante. Todos con sus mantas, sus productos, preparados para arrancar de los pacos, mirando para todos lados, con la palabra en la punta de la lengua para convencer, para vender, para ganarse unos pesos y volver con la tranquilidad de que algo se hizo en el día. Hay que parar la olla como sea, me dijo alguien una vez remota. Los puestos de sopaipilla afuera de la Casa Central de la Chile tomada, llena de lienzos con consignas por la educación, bien alto para que se vea. Me pregunto cuántos habrán adentro. Si tendrán frío por esas gruesas paredes de cemento, si se van a tomar un vinito que sea, si se habrán conseguido una tele para ver el partido. La estatua de Bello afuera, el guardián tantas veces profanado, está a salvo por ahora. Adentro no sé.

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Los locales cierran, la gente baja las cortinas de lata, el Santa Lucía semi iluminado y atrás el San Cristóbal menos todavía. El corazón de Santiago tranquilo, descansando del griterío, de los bocinazos, de las caras chatas del día. La Católica pulcra: sin carteles, sin rayados, sin puestitos de comida. Apenas un par sale del Centro de Extensión, lleno de invitaciones al teatro, de sinfonías de no sé qué, de la película europea x. Un par de metro más allá, el GAM. Una tremenda mole solitaria, sin vida pero que sin embargo concentra la cultura institucionalizada de la capital. Bien cerca de ahí, el Arte Alameda promocionando la última película de Godard; Adiós al lenguaje. Después Bellavista y la Plaza Italia, punto neurálgico del turismo y la bohemia, porque ahí está la fiesta, porque es más cochino y pintoresco, porque ahí se va para celebrar. Pero este miércoles nocturno se ve poca gente dando vueltas.

Al interior de la 426 todo sigue casi igual: subieron nuevos personajes que se suman a la dinámica que ha marcado todo el recorrido. Las señoras siguen dormitando, hombres pegados al teléfono y unos pocos con la mirada perdida hacia la ventana. La apatía e indiferencia del camino tantas veces recorridos los tiene absortos, cada uno en su mundo interior pensando en quizás qué cosas. La micro avanza rápido.

De Plaza Italia para arriba, entre Salvador y Manuel Montt, empiezan a aparecer los OK Market y los Castaños, las nuevas cadenas que reemplazaron a los almacenes de barrio. Pero aunque se vaya al mismo Castaño todos los días nadie sabe cómo se llama la cajera, ni la que te pesa el pan o la que te corta el jamón -ojo que son siempre mujeres-. Ni ellas saben tu nombre. Porque en realidad nada importa, uno compra ahí cuando se está apurado, condición recurrente en el mundillo capitalino. A medida que la micro avanza las farmacias y los supermercados Líder están ahí a la mano, iluminados, aún abiertos, aún con gente que entra y que sale. Porque a pesar de la colusión de los pollos, la del papel confort, la de los medicamentos, del abuso descarado y de la rabia, hay que seguir comprando comida, hay que seguir comprando remedios. Y ahí estamos todos: algunos amnésicos, otros conscientes y al mismo tiempo impotentes.

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