Once dosis de dominancia

Me deslizo a través de los treinta centímetros que permite la apertura de los cuerpos que ocupan el vagón. La masa húmeda y multiforme empuja sin dar explicaciones y yo me dejo llevar, sin más remedio, hasta la orilla. Les permito aplastarme brevemente con la promesa de que, una vez que consiga plantarme al lado de la ventana, defenderé mi justo metro cuadrado con codos y pisotones más o menos disimulados.

Bajo la ventana, un borde sobresaliente de metal esmaltado me permite descargar el hombro; soltar el peso de la mochila, el cuaderno, los papeles, el cosmetiquero, las zapatillas, la ropa deportiva, la toalla, el candado y sus tres llaves idénticas. Descanso mi lado derecho, el que siempre termina surcado por pequeñas venas que se me abren en arañitas cerca de la clavícula.

Con las rodillas ligeramente dobladas, me dispongo a contrarrestar el freno insistente del metro que entre cada estación realiza detenciones y arranques en falso, alterando a las cuarentonas que no dejan de hacer notar su miseria en la búsqueda de algún asiento libre o donado. Me miran con celos cuando logro adueñarme de una esquina, de una ilusión de comodidad que me permite estirar los dedos entre mi ropa para buscar el celular que escondo por miedo a que se transforme en el número cuatro de los aparatos robados.

Menos de diez segundos se tardó esa persona -mano- anónima en infiltrarse en mi bolsillo, sacando el Número Tres y desconectando previamente mis audífonos como quien se aparta el pelo molesto de la cara. Una semana antes, otra mano -aunque menos anónima- hizo lo propio con el Número Dos de mi hermano asegurando una pistola oculta en su mochila y capacidad de usarla a discreción.

Mi hermana dijo que seguramente nos veían la cara, que ese era el criterio en base al cual nos habían elegido como proveedores. Ella se siente muy propia en las mismas diez cuadras que repite con mínimas variaciones de ruta diaria. Se siente protegida en ese trayecto que ya conoce y en el cual todos los personajes le resultan familiares. Se siente poderosa y yo no se lo discuto porque la prefiero empoderada a asustada o limitada.

A mí ninguna cara me resulta conocida en el vagón repleto y vaporoso, así que me quito un audífono -el derecho, liberando mi oído más agudo- para prestar atención al entorno móvil en el que voy encajada a presión entre la ventana y un hombre de unos 50 años con camisa, corbata y maletín. Porta también ese típico peinado pegajoso con el que doman sus chascas empobrecidas los cincuentones que todavía se sienten capaces de despertar la lujuria femenina.

Lo miro de reojo para asegurarme de que sus manos estén a la vista mientras escojo una canción acorde al trayecto. La programación aleatoria del celular me propone varios temas que rechazo sin que lleguen a sonar aún los primeros acordes: “Cheek to Cheek”, porque no tengo intenciones de llorar en el vagón frente al hombre trajeado y engominado y que me mire o me pregunte si estoy bien. “Evry’time we Say Goodbye” tampoco, porque todavía no me la aprendo bien y necesito hacer la mímica de cada palabra para que el poder desconector de la música surta efecto.

Me paseo por algunos títulos y autores antes de rendirme con el mismo tema en el que llevo semanas estancada. Modulo y dramatizo cada nota como si realmente pudiera dominarlas, pero no emito sonido alguno. En la colectividad profundamente segmentada del vagón, donde cada quien ocupa su espacio-propio-arrendado-por-740-pesos-hora-punta es fácil entrar en confianza y convencerse de que no, que ahí no. Que dentro del metro, inmaculado y respetable, no te va a pasar nada. Pero aún rodeado de cámaras y testigos, el cincuentón engomado se expande a sus anchas, apropiándose del metro cuadrado-arrendado como si fuera realmente suyo.

Sin miedo, sin el reflejo intrínseco de cuidarse la espalda, de meter las caderas para que apenas sobresalgan las nalgas, de levantar los codos para bloquear los agarrones y sobajeos, de cruzar los brazos para dar a entender que se está poniendo una barrera, un alto, que no hay disponibilidad de servicio. El hombre se deja estar en su cuadrado pegado al mío, sin preocuparse por rozar a la chica que va a su lado vistiendo un uniforme de aspecto clínico. Tampoco le molesta la cercanía de mi cuerpo, ni siente el rechazo que reconozco en los ojos de la joven con vestimenta médica y que pronto comienzo a experimentar por mí misma.

El hombre no se ocupa de restringir el vaivén blando de su estómago ni la estocada de sus rodillas contra mis pantorrillas cada vez que el vagón frena o gana velocidad. Claro que sí se asegura de mirarme los pies, como hace cada macho que se siente ofendido por el hecho de llegarme apenas a los hombros. Si llevo tacos, se tranquilizan y sonríen con suficiencia. En caso contrario, sueltan todavía más sus anchuras patriarcales para establecer su dominancia sobre el lugar y mi porte.

El tren se prepara para ingresar a la estación terminal, tras veinte minutos de apretuje y peleas pasivo-agresivas de poder. No me muevo, él no retrocede. Lo miro por encima de mi hombro, le hago saber que sus maniobras no son nada nuevo, que no me siento segura en ese vagón y que no he bajado mi guardia. Que he aprendido a tener siempre un oído vigilante y un ojo atento.

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