Los dos lugares

El camino en metro es siempre caluroso, basta con entrar al andén y ya sabes lo que se avecina. Un calor que te abraza, te consume poco a poco; sobre todo ahora que comenzó el invierno, tú te abrigas para enfrentar el clima frío y luego te encuentras con este pequeño infierno que te quema con su fuego.

 Me subo como todos los días pero hoy miro, centro mi atención en los que están a mí alrededor: todos miran su celular, todos, sin ninguna excepción. Nadie está aquí, en el mismo ahora que yo, todos son transportados a ese otro espacio, uno que ya no es una especie de agujero negro que los succiona, sino uno lleno de letras y colores que los llama a ir, pero siempre bajo su propia voluntad.

Siento ansiedad de mirar mi propio celular, pero no quiero ser uno de ellos, sin embargo, hay algo que me dice que también debo hacerlo ya que hay algo ahí que me está llamando, también hay algo que espero recibir y encontrar en mi celular. Pero por esta vez no quiero desconectarme, caer en ese espacio, tal como veo que hacen todos los demás.

El metro para, se abren las puertas y entra un joven, se sienta frente a mi, se ve de mi edad o quizás un poco más. Se abrocha los zapatos, mira a su alrededor y por unos segundos creo que no caerá. Lo siento hasta que lo veo sacar su celular, finalmente es uno más, no hay diferencia, todo sigue igual.

Sigo estando en este espacio donde hay un silencio que no es silencio, todos callan pero el metro mismo suena y llena el aire, rompe el estado del alejamiento. Estamos todos aquí, pero no todos sienten este lugar, ven sus dimensiones y secretos, ellos están encerrados en un lugar muy lejano, unidos a sus seres queridos, a los juegos que distraen su mente o simplemente a alguna lectura que les pareció importante. Yo también soy así, yo también miro mi celular cuando voy sola en el metro, es un refugio, un lugar conocido y controlable, muy distinto a loque nos rodea mientras nos desplazamos largos tramos en solo unos minutos.

Recuerdo un libro que leí unos años atrás donde se hablaba de mundos paralelos, en una ciudad se podía ver otra que la espejeaba, pero estaba prohibido mirar esa otra ciudad que no era la tuya, tal como aquí la gente no mira lo que pasa justo frente a sus ojos, sino que se concentran en otro lugar, muy lejos del ahora, donde no existe el tiempo ni el espacio.

Finalmente saco mi celular del bolso y lo miro, rompo el juego, ya no soy un otro, sino que uno más sumido en este mundo paralelo.

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