La Barraca: Sobreviviendo a la era digital

Con poco más de dos décadas de historia, el Centro Cultural La Barraca ha presenciado gobiernos de diversas tendencias, catástrofes naturales y también económicas. Aún con la experiencia ganada a través de los años, la necesidad de adaptarse mantiene a esta propuesta comunitaria en un estado de constante alerta.

La intersección de Vicuña Mackenna Poniente y Paso del Roble es una de esas esquinas que nadie puede nombrar con exactitud y sin embargo todos conocen. Ubicada en plena avenida, rodeada de comercio formal e itinerante, la perpendicular ha reunido por años a un público de distintas edades, preferencias y preocupaciones.

Los aproximadamente mil 500 metros cuadrados de terreno irregular, cercados por un muro de concreto que esporádicamente se renovaba con trazos de los estudiantes, albergaban ocho mediaguas. Cada una era pintada de colores pasteles en maratónicas jornadas donde los funcionarios del recinto se unían a vecinos del sector para completar la tarea como si se tratara de un encargo crucial. Hoy, tapada con mallas y barreras de contención, ante una calzada destruida por máquinas demoledoras, el sitio ha perdido su uso práctico, aunque su historia sigue patente en la memoria colectiva.

La que décadas antes había funcionado como una barraca de madera y otros materiales abrió nuevamente sus puertas a trabajadores de la comuna a finales de los ochenta, años después de haber tenido que cerrarlas como resultado de los embates económicos derivados de la crisis política que vivía el país. En 1989, cuando la posibilidad del plebiscito no era más que una idea esperanzadora para muchos, el recinto se transformó en un foco de debate y trabajo para las campañas presidenciales y parlamentarias que prometían reinstalar la democracia en el gobierno.

Un año más tarde y, con la promesa de una alegría por venir, surgió la necesidad de reutilizar el espacio. Con esta misión, la junta de vecinos comenzó a buscar personas que pudieran aportar con herramientas para entregar a la comunidad. La idea era organizar talleres y cursos prácticos a través de los cuales los habitantes de la zona pudieran capacitarse y reconectarse con el quehacer cultural que por décadas se había reducido a sus formas más básicas.

Desde bellas artes hasta mantenimiento del hogar, pasando por idiomas y distintos deportes, el catálogo fue creciendo con el paso del tiempo hasta aproximarse a la veintena de clases abiertas a todas las edades por un precio que equivaldría, actualmente, a unos cinco mil pesos. Al inicio de cada semestre se ponía en circulación un tríptico de papel con el detalle de horarios y costo de los talleres, folleto que pronto sería reconocido en todos los sectores de la comuna por sus letras en color verde claro que leían “Centro Cultural La Barraca”.

Entre 1990 y 2014, la esquina del paradero doce de avenida Vicuña Mackenna Poniente se consolidó como un punto de encuentro para la recreación y el desarrollo personal. Los amplios murales que flanqueaban el portón metálico de la entrada, el cual se encontraba siempre abierto a los transeúntes, mostraban diseños propios de los estudiantes de las clases de dibujo y pintura al óleo. Aunquehacía ya décadas que el resto de la estructura no era precisamente de madera, el dintel de forma triangular se mantenía fiel a su materia prima y de paso daba forma al símbolo del centro: un techo bajo el cual cabían todos.

Pasando su famosa fachada y un camino de tierra, se ingresaba a un patio con pequeñas chozas de madera colorida que en invierno contaban con estufas a gas y parafina para aliviar el frío de los estudiantes que llegaban sin miedo de cruzar el río en el que se transformaba la arteria principal. Después de poner a secar zapatos y calcetines, los más hambrientos podrían dirigirse al casino que se encontraba a mano izquierda antes de continuar con sus respectivos talleres. En el verano, la polvareda que se colaba desde el exterior se pegaba a la ropa y los pinceles en la sala de pintura.

            Sus recursos, aunque escasos, no le impedían organizar una variada presentación de los logros de cada curso una vez finalizado el semestre. El galpón Nemesio Antúnez —pintado de un color morado pastel— albergaba la muestra bianual de los talentos producidos y cultivados por el pequeño organismo. La ocasión reunía a las familias de los estudiantes, sus amigos y a quien fuera atraído por la multitud sentada frente al improvisado escenario. La ubicación privilegiada del recinto, sumado a las incansables ganas de todo su personal, hicieron del centro cultural una especie de refugio para la creatividad reconocido en buena parte del sector sur capitalino. Pero nada es inmune al paso del tiempo ni a la aparición de nuevas necesidades.

Por un corredor

Los almacenes de barrio pronto se transformaron en grandes tiendas de conglomerados internacionales y varias de las casonas antiguas vendieron sus terrenos a inmobiliarias. Casi dos décadas después de la apertura de La Barraca, el escenario parecía cambiar a un paso tan acelerado que parecía imposible de seguir para un centro comunitario. Pero contra todo pronóstico, como en esas tardes donde la lluvia intentaba impedir que el centenar de alumnos llegara a sus talleres, el respeto y el cariño de los vecinos mantuvo abierto el espacio para el arte y la cultura.

No todos corrieron la misma suerte. Unos paraderos más hacia el sur, ‘El Negro Bueno’, quinta de recreo y sala de teatro itinerante recurrió a todos los medios posibles para evitar su salida de la intersección con Lía Aguirre y avenida Américo Vespucio. Ni las tomas ni los cortes de tránsito hicieron mella en la determinación de las autoridades a cargo de la renovación vial del sector, la que pronto dejaría en jaque a La Barraca y sus fieles seguidores.

La construcción de un corredor para el sistema de transporte santiaguino comenzó a finales de 2013 en las concurridas calles de la Florida. La obra prometía reducir tiempos de viaje para la locomoción colectiva y las horas de taco para los automovilistas. Para demostrar la seriedad del proyecto, entre el paradero de la Iglesia San Vicente de Paul y el costado de la municipalidad se abrió el concreto de las veredas cercándolas con mallas color verde agua. La envergadura de la intervención hacía anticipar una gran cantidad de maquinaria, obreros y movimiento general, pero meses después de que la ruptura del cemento dejara inhabilitado el veredón poniente apenas se veían grupos de cinco o quizás ocho trabajadores que sacaban el material destruido aquí y allá.

            La interrupción de la avenida llegó a transformar un trayecto de quince minutos en uno de 45. Era común ver a los pasajeros de las micros tocando desesperadamente el timbre para poder bajarse en medio de las filas inmóviles de autos y apurarse hasta la estación de metro. Con una lentitud que logró exasperar hasta al más paciente de los conductores, la construcción de la vía exclusiva avanzó en línea recta hasta la puerta del centro cultural. Sin embargo, antes de verse sitiados por grúas y tractores, el directorio liderado por Mireya Muñoz tomó la sorpresiva decisión de dejar  la barraca de madera a la que debían su nombre para reinstalarse casi en el límite con Puente Alto.

            La calle Paraguay, a dos paraderos de la estación Rojas Magallanes, recibió a los ahora casi ochenta cursos prácticos con la curiosidad de los vecinos y grandes expectativas. El barrio, con sus características casonas rodeadas de amplios patios propios del período en la que la comuna no era más que una parcela colonial para la clase alta de la época, vio crecer su número de inquilinos. El nuevo espacio, aunque más reducido que la antigua locación, requirió meses de trabajo antes de abrir al público el 4 de marzo de 2014 en el número 8749 de una cuadra hasta entonces muy residencial. La renovación contó con el apoyo del Consejo Nacional de la Cultura y las Artes, respaldo que pronto traería nuevos cambios a la organización.

            Ya que la gran mayoría de sus estudiantes eran vecinos de la antigua barraca, el centro se vio en la necesidad de captar nuevos alumnos y promocionar sus talleres como si fuera la primera vez que los impartía. Acorde con los nuevos modos de impulsar el quehacer cultural, el directorio decidió sumar a Ignacia González como gestora cultural. Además, iniciaron la búsqueda de un o una periodista que los apoyara en labores de difusión y los ayudara a integrarse al mundo de las redes sociales. Tras meses de recibir currículums vía correo electrónico —algo igualmente novedoso para las autoridades y profesores de la institución— finalmente completaron su organigrama en abril de este año.

            El nuevo hogar, una antigua casa de ventanas con enrejado de hierro esmaltado fue pintada color amarillo ocre por un grupo de voluntarios. El patio se barrió y las plantas se podaron para acomodar a los nuevos alumnos. En vez del clásico folleto de letras verde claro, el equipo actual se encuentra preparando un video para mostrar las actividades realizadas por el centro cultural durante el primer semestre. La pieza audiovisual está dirigida también a invitar a una nueva generación de floridanos a ser parte de labor del centro.

            Los perfiles en redes sociales se mantienen activos, especialmente Twitter. También cuentan con una página web donde se publican pequeñas notas sobre eventos realizados, como la feria artesanal del Día del Padre que congregó a artesanos y pequeños empresarios de la zona. El Centro Cultural La Barraca, pese a contar con décadas de experiencia, hoy se inserta como un recién llegado entre la comunidad intentando captar la atención de una juventud que prefiere alguno de los tres centros comerciales que coexisten con apenas una o dos estaciones de metro entre ellos.

            Aunque ya no cuenta con la ubicación dominante en medio de una de las avenidas más transitadas de la comuna, la propuesta se niega a soltar su misión de acercar la cultura a niños, jóvenes y adultos por igual. ¿Cuánto tiempo puede sobrevivir lo análogo en una era donde la virtualidad reina en todos los campos? El esfuerzo, tiempo y recursos puestos en la reformulación de este punto de encuentro comunitario ciertamente han demostrado que existe todavía una resiliencia pocas veces encontrada en la tendencia actual, donde lo que no sirve se desecha y la oferta es renovada antes de que podamos acostumbrarnos a ella. Es de esperar que esta fuerza de voluntad pueda sustentar a La Barraca por al menos una tercera década.

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